14 de febrero de 2011

El culantro que estuve a punto de tirar

Qué les diré? El Señor cada día me sale con cada cosa, con decirles que se me pone de frente de manera tan pero tan evidente que se que les costará creerme. A mi me cuesta creerlo. Ya verán.

Ya saben que soy agricultora. El viernes pasado cosechamos 800 rollos de culantro y los enviamos a nuestro comprador, pero como el día estaba muy caliente, nuestro camión no tiene techo y ellos nos hacen esperar en fila para recibirlo durante cuatro horas, el culantro se deshidrató por lo que nos lo devolvieron todo.

Hoy lunes, a pesar de que lo hidraté y recupero su figura, se empezó a madurar por lo que desistimos de entregarlo porque también lo rechazarían, sus estándares de calidad son altos y hemos, a la brava, aprendido a conocerlos.

“Ostinada de la vida” (expresión muy tica que quiere decir totalmente fastidiada) quise tirarlo, pero no lo hice porque mi Trabajador Estrella, que es gente pobre y por lo mismo sabe mejor que yo lo dura que es la vida, me dijo que no lo hiciera por lo que le atendí ya que sus razones fueron muy buenas. 

De tal forma que me fui con él a regalarlo.

Nos dirigimos primero a la cocina del Centro Juvenil Luis Amigó y allí Olga -la cocinera- nos lo recibió echándonos mil bendiciones.

Luego, pasamos a una escuela pública y, mientras Alexander lleva las cajas a la cocina empecé a regalárselo a las mamás que estaban fuera esperando a sus hijos; cada una se fue con al menos cinco rollos. Se alejaban de mi echándome bendición tras bendición, deseando que el Señor nos reparara más.

Así pasamos por la siguiente escuela de la que en esta ocasión salieron las maestras y maestros así como las señoras encargadas de la limpieza y algunas madres, echándonos todavía más bendiciones.

Al final del recorrido, en la última escuela, únicamente había dos madres en la puerta. Alexander -como en las otras escuelas- entró hasta la cocina no sin antes regalarles unos rollitos a estas dos mamás.

Perdí de vista a Alex por un rato por lo que volví la mirada para otro sitio y no habían pasado tres minutos cuando una de las dos señoras se acercó a la ventana del auto y me dijo: - “Cuando las cosas van mal, uno lo que tiene que hacer es prenderse de Dios. Como dice en el Salmo 23. No tema, préndase de la mano de Dios, verá que todo le sale bien”.

No se qué cara le puse, creo que le debo haber puesto cara de idiota ya que recuerdo que no acaté más que decirle “Amén” y “Gracias”.

Cuando se alejó, sentí el pecho apretado, como si me hubieran dado un abrazo de oso de esos que no te dejan respirar. Me sentí raro a tal punto que tuve ganas de llorar por lo que bajé la cabeza y me tapé los ojos esperando sentirme diferente. 

A los segundos todo pasó. Poco después Alexander ingresó al auto contándome sobre el chorro de bendiciones que le habían echado las cocineras.

Lo que me pregunto ahora es: quién era esta señora? Yo nunca la había visto. Qué fue lo que la movió a acercarse a mí? No creo que haya deducido por la calidad del culantro que aquello representaba una pérdida, ni siquiera creo que haya notado que fue de mi auto que Alexander se bajó.

Esta señora, no podía conocer -ni siquiera sospechar- que lo me dijo realmente correspondía a un hecho real, era imposible que ni remotamente conociera lo cerca que estamos de vernos obligados a parar la producción y replantearnos nuestras metas, mucho menos el mar de angustia que estaba a duras penas sobrellevando desde el sábado de solo pensar que Alexander y Walter se quedaran sin trabajo. No había forma de que lo supiera, más se acercó y me dijo lo que me dijo y yo quedé como que me hubieran dado, no con uno, sino con media docena de bates por la cabeza.

Claro, pregúntenme ahora qué se hizo toda la incertidumbre?

Eso mismo, corrió por el drenaje con el agua en la que lavé las cajas vacías del culantro que estuve a punto de tirar.

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