Qué les diré? Con la película basada en hechos de la vida real y cuyo personaje principal es Hachi,
un perrito japonés que cayó por cuestiones de la Divina Providencia en
manos del personaje que protagoniza Richard Gere, no hice más que hacer
lo que no hago hace años: llorar y llorar a mares viendo una película.
Y no lloré por lo que han de haber llorado la mayoría de los amantes
de los perros, ni me he compadecido porque lo que se compadecieron la
gran mayoría de espectadores. No.
Es cierto que la lealtad del perro que esperó a su dueño durante
nueve años cada día a las cinco de la tarde en la estación del tren es
sobresaliente pero no fue por eso que lloré ya que a lo largo de mi vida
he recogido no menos de treinta perros callejeros a los que he
incorporado plenamente a mi diario vivir sin importarme su origen,
apariencia, olor, enfermedades, manías, temperamento por lo que conozco
de sobra cuán leales pueden ser los animales.
Su lealtad, a quienes podría haber admirado es a quienes no conocen
de lealtades perrunas pero tampoco de lealtades humanas porque, para
empezar, si la viuda del propietario de Hachi hubiese conocido de
lealtad habría hecho lo imposible por conservar al perro, también lo
hubiera hecho su hija y también su amigo japonés.
Pero el caso es que nadie se interesó por el destino del pobre
animal, no hubo quien lo incorporara a su vida plenamente, no consiguió
quien le ayudara a superar su duelo ni conmover las entrañas de nadie
durante los nueve años que duró su espera.
Después de haber probado el ser incondicionalmente amado, murió como
un perro callejero más: sucio, hediondo, enfermo, triste, solo. Así
murió un día de invierno en la estación del tren.
Ahora saben por qué lloré? Pues sí, lloré como pocas veces y fue por
advertir lo duro del corazón humano, lo dramáticamente imposible que se
le hace colocarse en el lugar de los demás y mucho menos en el corazón
de un perro.
Claro, de ahí que a nadie debería sorprender el aborto, la eutanasia,
la FIV y todo lo demás que me tiene el corazón hecho un puño.
Yo, es que –sobre la lealtad- la aprendí primero de Dios, luego de
algunos de mis semejantes pero principalmente de la lealtad de mi madre y
padre; de último, la aprendí de mis perritos a los que no lloro cuando
fallecen ya que gracias a lo que Dios me ha dado he podido darme cuenta
de la gratitud con que todos ellos han vivido bajo mis cuidados por lo
que no encuentro razones para llorar a menos que alguien les quite la
vida deliberadamente por lo que, indefectiblemente, lloro en cada caso y
únicamente por advertir la dureza del corazón humano.
Así, con ese llanto ahogado, debe ser como nos llora Dios; por eso mismo ha de haber sido por lo que su Hijo nos fue enviado y gracias a quien hemos recibido lo único que nos sostiene: la Esperanza.
Así, con ese llanto ahogado, debe ser como nos llora Dios; por eso mismo ha de haber sido por lo que su Hijo nos fue enviado y gracias a quien hemos recibido lo único que nos sostiene: la Esperanza.