18 de junio de 2010

¡Vamos ya, a por Cristo!

Cada uno de nosotros tiene una forma única de observar.

No existen dos Maricruces ni dos Pepes ni dos Marías... por lo que, nada más considerar que no existen dos personas en el mundo que lo miren con los mismos ojos, es espectacular.

Siempre he tratado, desde niña, ser fiel a mi mirada. Así es como recuerdo tantísimas experiencias que he abordado conciente de que, en ese instante, no habría dos personas en el mundo haciendo o diciendo lo que yo.

Ignoro de dónde o cómo fue que obtuve esta conciencia de mi misma y del momento presente, me parece que debe haber sido de bebé. Con decirles que recuerdo cosas increíbles, como el color de la tina donde me sacaban la mugre cuando debo de haber tenido no más de dos años.

Si esta conciencia de mi misma es lo que me permite décadas después reproducirles fielmente, por ejemplo, la distribución, el color, la luz, los objetos, las personas que estaban junto a mi en ese cuarto de baño, es ahí cuando digo que de vital importancia es tomar conciencia de uno mismo, porque de la forma en que te percibes en tu circunstancia deriva la forma en que aprendes de ella y actuarás.

Esta toma de conciencia es como una especie de acto de caridad para con uno mismo del cual deriva caridad para los demás, van a ver.

Tomar conciencia de mi misma es lo que me permite hoy, hacer de mi experiencia en internet algo invaluable, ya que, sentada ante el monitor, me introduzco intelectualmente en la experiencia de aquellos con los que entro en contacto (y ellos en la mía) creando vínculos que trascienden el minúsculo espacio-tiempo de mi habitación.

Ofrezco ejemplos: De haberme introducido intelectualmente (y conciente de mi misma) en la experiencia de la Misa Tradicional de tantos de mis contactos que asisten a ella cada domingo, ya sea en España, Argentina o Puerto Rico, derivó el que tomara la iniciativa de impulsar esta misa en mi país. Un ejemplo más: de la defensa que hice en diversos sitios en internet (casi tan ferozmente como lo podría haber hecho un miembro de la Guardia Suiza)de la Iglesia y del Papa durante la última Semana Santa, me consta que más de uno de mis contactos católicos tomaron la decisión (concientes de si mismos) de utilizar facebook para algo más que para jugar al granjero virtual o enviarse pastelitos bidimensionales.

Estos son solo un par de ejemplos, no obstante, de todas estas experiencias es que confirmo que no solo no existe otro que comparta mi mirada del mundo sino que no existe ni podría existir quien que me mire como me miro yo.

Es entonces cuando cobra sentido aquello de que: "...sólo tomar conciencia atenta y también tierna y apasionada de mí mismo puede abrirme de par en par y disponerme para reconocer, admirar, agradecer y vivir a Cristo. Sin esta conciencia incluso Jesucristo se convierte en un mero nombre". [1]


Tomar conciencia de Cristo, está visto, pasa por la experiencia de tomar conciencia (atenta, tierna, apasionada) de uno mismo.

¿Pues, -entonces- qué esperamos? ¡Vamos ya, a por Cristo!


***
[1] L. Giussani

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