16 de enero de 2011

Ver y escuchar: ¿Nos atreveremos?

Escuchamos a un Juan Pablo II que desde joven apostó a mantenerse fiel a la imagen del hombre que halló reflejado en la mirada del Señor, lo estamos viendo subir a los altares.

Estamos viendo y escuchando a un Benedicto XVI visitando lugares inimaginables, citándose con personajes con quienes ni siquiera podríamos haber sospechado que lo haría, lidiando con situaciones que para cualquier mortal serían abrumadoras, haciendo una sólida hermenéutica de la Liturgia, siendo políticamente incorrecto, canonizando hombres y mujeres admirables, instituyendo ordinariatos…

Les hemos visto y escuchado, seguido y estado con ellos por décadas en cientos de sucesos extraordinarios y aún así osamos poner objeciones? Que “si el Papa estará haciendo lo correcto”, que “si estará enterado”, que “recemos para que Dios le ilumine”; algunos hasta llegan al extremo de decir “las cosas que tiene uno que ver”.

Claro que al escucharles uno se indigna pero de seguido aflora la compasión porque, cuánta compasión merece nuestro pueblo católico ya que está clarísimo que, cuando expresamos objeciones no es tanto que dudemos del Señor y de la confianza que ha depositado en el Santo Padre sino que dudamos de nosotros mismos y, como no sabemos qué hacer con tanta tontería que nos estorba (porque las objeciones son tonterías que estorban y quien no se haya enterado que lo vaya haciendo), las hacemos recaer sobre nuestro Pontífice.

En serio, nunca han considerado que en entre los contemporáneos de Jesús hubo quienes pusieron objeciones? Yo si lo he considerado y porque pude haber sido uno de ellos pero no lo soy pero, más que eso, porque el Señor es mi contemporáneo, no necesito poner objeciones. Creyéndolo, ninguno lo necesitaría.

En serio, es tan difícil advertir que las objeciones son dudas, prejuicios, temores que personas como María y José, Juan o Andrés no tuvieron y que si las tuvieron habrán de habido de ponerlas en segundo plano porque era mayor y más fascinante lo que escuchaban y veían?. Eso han de haber hecho, porque yo no me explico de qué otra manera -si hubieran puesto objeciones y, mucho menos, del calibre de las que ponemos- habría llegado el cristianismo hasta nuestros días.

¡Abramos los ojos y los oídos! La realidad es aquí, ahora, exige de nosotros escuchar y ver; eso si, con el corazón abierto y la razón atenta pero –más que eso- libre de prejuicios.

¿Nos atreveremos?

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